Si tradicionalmente las noticias que uno lee llenan de negros nubarrones el horizonte, hoy en día sufrimos una tormenta perfecta.
El abanico de términos que emborronan nuestro presente es creciente. Crisis, rescate, corralito y corrupción no necesitan de calificativos para enturbiar la actualidad del ciudadano de a pié. Un panorama desolador si nos centráramos en la parte vacía del vaso. Sin embargo la vida también depara, para quien lo quiere ver, multitud de sorpresas agradables.
En tiempos ya pretéritos, en naciones y ciudades que han muerto y renacido cien veces la guerra, las artes y las ciencias eran compañeros inseparables. Al-Ándalus y el Renacimiento italiano son dos buenas muestras de cómo entre el acero y la sangre se abría paso la ciencia de Da Vinci y Al-Zharqali, el arte de Rafael y la mezquita de Córdoba.
En nuestro tiempo, ambas materias, han sido las primeras en sucumbir a los recortes presupuestarios. La cultura, sin tener la culpa de una desastrosa y delictiva gestión económica de la banca y los gobiernos, es el chivo expiatorio del pecado mortal del sistema. Una crisis y unas soluciones cada vez más parecidas a otras del reciente pasado que hicieron de este mundo un infierno totalitario y nazi, que ni el mismo Virgilio soñó en la Divina Comedia de Dante.
Sin embargo, yo, desde mi humilde sillón, ante un paisaje que alterna cebada brillante con parcelas calladas, roturadas, a la espera del girasol, rey de esta tierra de alcarrias les quiero hablar de cultura. En pequeño, en la cercanía, en la dimensión necesaria para enriquecer la vida de nuestros pueblos, de nuestros barrios. Lejos de los recortes y las angustias de la economía nacional, de los grandes centros culturales y artísticos.
Ante un Estado en retroceso, son las asociaciones, los bibliotecarios, los profesores de vocación insaciable, los amateurs de cualquier clase quienes asumen la tarea de crear riqueza entre sus vecinos. Un intangible lleno de matices sin valor de mercado, que no tiene precio. Para que me entiendan, disciplinas como el cuentacuentos que embelesa a los más tiernos de la familia. En estas fechas de maratón viajero de cuentos cualquiera de nosotros oficia de narrador. Poco se necesita para transmitir, el público infantil está sediento de una buena historia, diría que el adulto también. No se amilanen, un poco de teatralidad e imaginación, coste cero.
Otra actividad es la gastronomía, la cocina de siempre, la de ahora. Rescata tradiciones, sabores y aromas escondidos en algún viejo cajón de la memoria de la mano de cocinillas, abuelas y sociedades casi secretas. Descubre la nueva alquimia de los alimentos, ahora tiene tintes de innovación y éxito, según la prensa, solo para iniciados. No olvidemos sin embargo lo gratificante que resulta crear con nuestras manos. Arte al alcance de todos, anímense, conocerán además las especias de su entorno en estado puro. Actividad colaborativa donde se disfruta en común, codo con codo, es más divertido.
Pintura, música, fotografía, artesanía, escritura creativa son oficios que permiten crear y compartir. Ahora más que nunca el colectivo emocional necesita jalonarse de éxitos, pequeños, propios o en grupo. Necesita llenarse de matices que aboguen por la creatividad y no por el pesimismo sistémico que inunda la calle. Es un presente donde no hay soluciones cercanas, donde la confianza en los políticos es nula, donde las expectativas económicas son insultantes.
Las actividades que pueden llenar el calendario vital de una localidad son muy variadas. Los ayuntamientos tienen que velar por su existencia, persistir en su financiación. Ahora sin embargo es tiempo de dar un paso adelante como ciudadano. De volver a la capacidad de las antiguas peñas, txokos, corales, tertulias, círculos, agrupaciones y asociaciones que jalonaban el país con fiestas, cursos y actos que unían a los vecinos. Es tiempo de rescatar la colaboración y el trabajo voluntario por la comunidad como arma contra el pesimismo, contra la molicie del sillón que nos aísla y nos aliena en una espiral consumista y pasiva.
Tomemos la calle, con teatro, con juegos, en grupo, que la cultura riegue nuestros pueblos como bálsamo ante el olvido. Ahora que los gobernantes, en su ceguera, esconden la cultura en el cajón de los juguetes rotos, somos nosotros, los simples mortales quienes podemos crear comunidad, si, con la cultura como bandera.