Me tengo por uno de los millones de escépticos que no se creen esa milonga de los megarecortes como receta fetén para atajar una crisis mundial que ya va para cuatro años largos. Estamos anclados en una doctrina económica de inciertos resultados. Una fórmula no testada que ha sido impuesta por la locomotora de Europa, la magnánima potencia industrial alemana.
La sobreexpuesta Ley de Estabilidad Presupuestaria que impone un techo de gasto público y un déficit máximo a todos los países euro, se ha transmutado durante los últimos años en un credo que no permitía disensiones. La herejía económica no solo se castigaba en las instituciones europeas con el ostracismo, era además vituperada por los mercados. La turbamulta enardecida de inversores no ha dudado
en marcar a fuego a los más débiles. A saber bajo los oscuros designios de qué potencia económica ajena al euro. El mercado salvaje, la mano invisible, el Reichstag financiero han hundido para siempre el sueño que Europa forjó tras la II Guerra Mundial.
Este hartazgo de crisis disgusta sobremanera a quienes insisten en complicar la vida al común de los mortales con recortes sin expectativas de mejora y mensajes agoreros y facilones del estilo de no gastar lo que no tienes. Parece mentira que acumulen másteres, diplomas y títulos que suelen incluir referencias históricas a sus respectivas parcelas, entre ellas la económica, y no sepan por qué el crédito es consustancial al origen de la banca, al desarrollo de los estados e imperios que se han fraguado, uno tras otro, con ayuda del crédito y la rapiña de las naciones.
Es vomitivo asistir al idilio que los gobernantes de hoy mantienen con los economistas de parte y sus postulados, con los filibusteros de cuello blanco que en los 90 inundaron el sistema de instrumentos financieros que alejaban cada vez más el valor real de la economía del valor agregado. Seguimos en manos de los directivos de Goldman Sach, adosados a los gabinetes económicos de diversos países europeos y demás entidades especulativas, cuyos intereses no son paralelos a los que deben regir la política de un gobierno. La norma al uso dice que primero deben ocuparse de los intereses generales de sus habitantes, de sus votantes, de sus menores, de sus estudiantes, de sus pensionistas, y no tanto de sus mentores, sus banqueros y del mercado.
La tendencia empieza a cambiar, se escuchan nuevas proclamas. Durante años, voces autorizadas, economistas de reputada doctrina como los premios Nobel Paul Krugman y Joseph Stiglitz, se han declarado entusiastas de las teorías del viejo Keynes. Han desmontado la falacia de los ajustes sociales y el estrangulamiento del déficit público como herramientas de superación de esta crisis sistémica, pero Europa hace oídos sordos.
¿Por qué los estados se han negado a reconocer la valía de las teorías neo keynesianas que analizan las causas y consecuencias de las variaciones de la demanda agregada y sus relaciones con el nivel de empleo e ingresos y que tuvieron en el “new deal” americano su expresión más clara? Dotar desde las instituciones públicas a las políticas de crecimiento para generar empleo es posible pero no para los ideólogos de la derecha, ni aquí ni en Estados Unidos.
La pretensión sin excepción de los actuales gobernantes es adelgazar el conjunto del Estado, reducir la Administración pública en favor de la libre competencia, de los grandes tiburones económicos (¡¡me troncho!!). Es como un déjà vu. Ya lo hicieron antes los mandatarios neoliberales que, como Tatcher, entregaron en bandeja los servicios públicos a las grandes corporaciones en detrimento de los ciudadanos, sin duda los grandes perdedores en esta pugna ideológica.
Efectivamente, la teoría económica keynesiana aportaba un enfoque económico e ideológico a la estructura del Estado. Sus principios hicieron posible que el aparato del gobierno tuviera en cuenta el bienestar de las personas como factor de cohesión necesario para lograr un crecimiento armónico, una paz social desconocida hasta entonces y que ahora se quiebra unilateralmente en favor de los nuevos señores de la guerra. Esos que hoy se disfrazan de corporaciones bancarias, los hedge funds y otros desalmados que ya no precisan de cien cañones por banda o una blitzkrieg de stukas y panzers para adueñarse del oro ajeno.
El crecimiento debe ser el enfoque principal al problema. Deberíamos aprender de las economías que se sustentan en esa regla y obtienen resultados a cambio. Reducir el estado del bienestar no es la solución y ejemplos reales y palpables hay para dar y tomar.
Como acreditados teóricos de aplicación práctica que son, Keynes, Krugman y Stiglitz tienen razones fundadas para creer en otro modo de regir la economía. Sin embargo, quienes dan clases magistrales sobre déficit público, crisis de liquidez, política fiscal y estancamiento del crédito son los exdirectivos de Goldman Sach, Lehman Brothers y Merryl Lynch, que se han colado de rondón en los gobiernos de España, Italia, Irlanda y Grecia. Aquellos que, tras abrir la caja de los truenos y volcar la peor de las maldiciones sobre este mundo, despojan al ciudadano de a pie de lo último que puede perder: la esperanza de un futuro mejor. Eso sí, jugando en los mercados con posiciones a corto y bajistas. ¿A qué se dedicaron estos durante su carrera universitaria? Seguro que a Keynes no.