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Conviene de vez en cuando hacer un alto en el camino. Detenerse y echar la vista atrás por si acaso. Para comprobar si seguimos en la linde o nos hemos desviado de la ruta. Como político en ejercicio que soy y responsable de gestionar el bien común de mis convecinos de Yebes y Valdeluz, me siento en la obligación de reconocer en público los errores que cometo y, ¡por qué no!, también mis aciertos.

Si de algo estoy satisfecho en estos cuatro meses al frente de la Alcaldía es de haber contribuido a alejar la ira de la convivencia. Algo ha tenido que ver el esfuerzo suplementario que estamos haciendo para reducir a la mínima expresión la distancia con los ciudadanos. En la calle y en los despachos. Junto a mi equipo, en este breve pero intenso tiempo no hemos parado de atar cabos. De atender reclamaciones y solucionar problemas. La mayoría propios, pero también ajenos. El verano nos dejó la satisfacción del deber cumplido, con unas fiestas participativas y animadas. Pero también fue la antesala para emprender una serie de acciones que hoy ya son realidad como el Plan local de empleo, la adecuación de la nueva biblioteca del pueblo en el edificio del Ayuntamiento, el programa gratuito de formación online, el nuevo convenio con Cáritas o el aumento del número de frecuencias en la línea de autobús. No les aburriré con la lista, que es prolija por más que a alguno le pese.

También ha sido necesario tender puentes, un factor primordial en este oficio de desgaste e indispensable. Solo así hemos podido trasladar nuestras necesidades más apremiantes en materia de sanidad y educación a los máximos responsables políticos. Esos que tienen la última palabra. Sin intermediarios ni correveidiles. Junto a consejeras y consejeros, directores generales y provinciales. Captar su atención es solo la primera piedra en un largo camino de encuentros, cartas y llamadas que tienen como fin atraer recursos de la Administración regional para mejorar la vida de nuestros vecinos.

La realidad es tozuda y en ocasiones pone obstáculos que hay que atajar. Es lo que ha pasado con la oficina del agua, la revitalización del Agente de Desarrollo Local y algún que otro servicio que nos hubiera gustado poner en marcha en estos 100 días pero que requieren de un espacio físico para su desarrollo. Por si alguno de ustedes no se ha dado cuenta, no hay ni un metro disponible en las instalaciones municipales que el Ayuntamiento tiene en Valdeluz. Seguimos en barracones de obra esperando como almas en pena a que la ley Montoro sea papel mojado y podamos acometer el tan necesario edificio multiusos.

Una variable hay que demuestra el nivel de reconocimiento que tiene nuestro trabajo. Y no es otra que el número de usuarios que congregan los servicios municipales. Ahora las familias participan en las actividades culturales y deportivas que se organizan y ha crecido de forma exponencial el volumen de inscritos. Es así como se consigue hacer comunidad, cuidar la cantera y ser algo más que una ciudad dormitorio.

Hablábamos de la ira. Ya nos lo advirtieron a todos en la sesión de investidura con un discurso provocador, insolente y combativo a modo de carta de presentación. El Partido Popular ha tratado por todos los medios de poner zancadillas. Con insultos y difamaciones en esa sinfonía de la confusión que tan bien interpretan. No dan para más. Un candidato derrotado que abandona a sus compañeros a las primeras de cambio para luego seguir manejando los hilos de las marionetas sin tener que dar la cara. Concejales que hacen dejación de funciones porque prefieren las redes sociales como campo de batalla que los Plenos como espacios para el diálogo y la argumentación. Esta es la oposición que nos espera en cuatro años.

Una vez más, las redes se preñan de “alarma digital”. Tras meses de silencio, han encontrado en el IBI el caldo de cultivo que necesitan para alimentar su aversión. Querrían que esa alarma fuese social, pero no convencen a nadie al margen de los de siempre. La vecindad está harta de tanta gresca. Porque saben que esa abominable estrategia no conduce a nada. Nadie, y digo bien: ¡nadie!, ha venido a poner el grito en el cielo con los argumentos del PP. Por cierto, zafios, mentirosos y temerarios. La ira se compra al peso en un determinado grupo que está en la mente de todos de esa red social. Es ahí donde los miembros de la lista electoral del Partido Popular y sus comparsas hacen virtud de la difamación y como no tienen agallas para hablar cara a cara conmigo, se emplean a fondo en embestir contra lo que más me duele. Sin ir más lejos, mi mujer. Lobos con piel de cordero, resulta que ahora se presentan como vecinos aunque hasta semanas antes de la campaña electoral eran invisibles. Esas voces y miradas que asoman airadas y coléricas por encima de la trinchera son las mismos que hicieron campaña con el PP y que solo atienden a sus razones.

Ante semejante hostilidad e inquina, he decidido abandonar ese grupo para evitar males mayores y una más que posible reacción enfurecida de la que me arrepentiría al minuto siguiente. Una respuesta rotunda  a cualquier indeseable de los que habitualmente arremeten contra mi esposa o atentan contra mi honor sería difícilmente comprensible para los vecinos de buena fe. Quien quiera encontrarme ya sabe dónde estoy; es fácil, porque yo no me escondo y menos aún de esa turba que solo habla en la red.

Es sorprendente y curioso el nivel de manipulación que pueden llegar a alcanzar con un asunto tan sensible como el de los impuestos. Pese a que hemos dicho por activa y por pasiva que seguirán donde estaban. Lo hicieron antes y lo han vuelto a hacer ahora. Y asistir boquiabiertos a la bravuconería de unos pocos que se dedican a arrinconar a una gran mayoría, que no quiere saber nada de rifirrafes. Que prefiere seguir disfrutando de la tranquilidad y concordia de su vecindario y haciendo uso de los servicios que se ponen a su disposición. Cada vez estoy más convencido de que el matonismo digital resta a las redes su facultad de conectar y empoderar las relaciones humanas, de gestar grupos con fines efectivos.

Después de ocho años viviendo entre ustedes, primero en Yebes y hoy en Valdeluz, hay una cosa que tengo meridianamente clara: pase lo que pase, digan lo que digan, seguiré teniendo las puertas abiertas. Seguiré hablando con las madres en el café de las mañanas. Atendiendo a todos los que me abordan y miran de frente para resolver sus dudas y preguntas. En mis perfiles y en el Ayuntamiento. Porque es mi deber y mi voluntad. Han pasado apenas 100 días y quedan por delante casi cuatro años en los que los vecinos irán viendo cómo se cumple el programa de un proyecto en común llamado Yebes y Valdeluz. Y para que la oposición tenga que seguir aguantándome. Sin ira, por supuesto.

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